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Muchos cristianos parecen contentarse con dejar a Jesús en la cruz, y la resurrección a menudo es ignorada. El que la cruz reciba tanta atención, sin embargo, es importante. Después de todo, este evento fue “El acto de justicia” que llevó “a la justificación de vida para todos los hombres” (Rom. 5:18). Esto quiere decir que el acto de justicia del Hombre fue la culminación de toda una vida de fidelidad de Jesús a la voluntad y propósito de su Padre, al ofrecer Su vida por Su pueblo. Si vamos un poco más allá, muchos de nosotros nos sentimos inclinados a decir que viviremos bajo la deshonra e indignación pública de la cruz hasta el regreso de Cristo, lo cual define la era en la que estamos viviendo. Ya que vivimos en un mundo de sufrimiento, continúa el pensamiento, la crucifixión es la perfecta revelación de la empatía de Dios para con Su creación. Aún la razón por la cual este acto sigue siendo crucial es precisamente porque la Escritura lo considera como la victoria decisiva de Aquel que murió en la cruz. ¿Pero qué clase de victoria tendría Cristo de seguir crucificado? ¿Es aquí donde radica el triunfo en la historia de un desilusionado Galileo que no logró que Dios estableciera Su reino en la tierra?

No es así. Sin la resurrección, la cruz en realidad no tiene sentido.

Con esto podemos decir que la cruz en sí misma es totalmente inseparable de los otros actos de redención que Dios realizó a través de Jesús en la historia — su vida, su muerte, resurrección, ascensión, y el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés — todo esto forma un frente unificado en el cual la era del pecado y la muerte son derrocados. Nunca fue la derrota de estos dos horrores tan audazmente proclamada como en la mañana de Pascua. La resurrección sigue siendo la única y más poderosa declaración de Dios de que este Jesús, hecho hombre, “entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios,” también fue “Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad” (Hechos 2:23; Rom. 1:4). Jesús y sus poderosos actos fueron vindicados cuando Dios lo resucitó de entre los muertos y lo exaltó como “Señor y Cristo” (Hechos 2:36), ya no fue más modesto y limitado, sino Mesías de su pueblo y Gobernador del mundo entero.

Si la resurrección no hubiera tenido lugar, entonces los seguidores de Jesús, junto con San Pablo, serían, "de todos los hombres, los más dignos de lástima” (1 Cor. 15:19). En otras palabras, si Cristo no hubiera resucitado, seríamos los más desdichados, infelices y lamentables seres que el mundo hubiera visto jamás, porque habríamos creído el más cruel engaño — la esperanza de una gloriosa salvación, cuando en realidad todo lo que tenemos es el pecado, maleza, y muerte. Pero Jesús resucitó, y creemos que así fue, ya que el mismo Jesús dijo, “Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron” (Juan 20:29). Esta fue por supuesto la razón por la cual el apóstol Juan escribió en el evangelio: “éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengáis vida en su nombre.” (v. 31). La resurrección forma parte integral del mensaje de vida del Evangelio en el nombre de Jesús. No es negociable. Uno no puede considerarse en línea con la “Cristiandad apostólica” si no acepta la resurrección corporal de Jesús de Nazaret. Este es el claro testimonio del Nuevo Testamento, captado más sucintamente en Romanos 10:9: “si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo.” Aquel que lo niegue, aunque es tratado con “mansedumbre y reverencia” (1 Pedro 3:15-16), no será tolerado en la mesa de la hermandad; la “Cristiandad” que profesa no será tomada en cuenta.

La pregunta que nos concierne, sin embargo, no es sobre la evidencia; sino más bien sobre su significado. ¿Qué significado tiene la resurrección de Jesús en el plan redentor de Dios?

Para decirlo de una manera simple, la resurrección derrocó la maldición de la Caída, (pecado, maleza y muerte). Sin embargo, no se trata solamente de la resurrección, ya que en ella esta incluido lo que llevó a ella: la obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre (a veces llamada obediencia “activa”) y su obediencia a la muerte (obediencia “pasiva”). En la primera se ve claramente el papel de Jesús como el segundo Adán. El Mesías enviado por Dios venció al pecado de la desobediencia de Adán con su perfecta obediencia a lo que Israel en conjunto no pudo hacer, esto es, mantener el pacto.

Cuando Adán desobedeció el mandato divino, Dios envió a Abraham y a la nación de Israel tras él para que los condujera a la luz del Evangelio de la salvación de Dios (ver Isa. 41:8–9; 49:3–6). Ya que esto no funcionó, Jesús vino como el representante de Israel; pudo hacer esto porque fue enviado como el Cristo (“el ungido”). En Israel, el ungido, o rey, era el representante de la nación ante Dios, así como el representante escogido por Dios ante la nación (por ejemplo, 2 Sam. 19:43; 20:1). Como tal, al igual que Israel (ver Isa. 63:16), el rey era el hijo de Dios: “Yo seré padre para él y él será hijo para mí” (2 Sam. 7:14; también Salmos 2:6–7). El Rey de Israel, por supuesto, no era endiosado como los Faraones de Egipto (a diferencia de Jesús, que es el Dios-hombre). Así, para Jesús, ser el Cristo significaba que él se identificaba con su gente de tal manera que lo que se pudiera decir de él, se podría, al menos en principio, decir de ellos.

Para los Cristianos (tanto judíos como gentiles, ver Rom. 9:4–8), esto significa que ellos son partícipes del pacto de Dios, convirtiéndose por fe en herederos de sus promesas, fieles a su voluntad y a su propósito, justamente porque Jesús ya lo fue. El apóstol Pablo quiso decir esto exactamente cuando escribió que hemos sido “bautizados en Cristo Jesús” (ver Rom. 6:1–14). Finalmente, el don que fluye de esta perfecta fidelidad por parte de Jesús es el don de la vida en sí misma (“El último Adán fue hecho espíritu que da vida,” 1 Cor. 15:45), y nos trae lo que San Pablo describe como “por un acto de justicia resultó la justificación de vida” (Rom. 5:18).

Es en la obediencia de Jesús hasta la muerte donde el contraste entre el primer y el postrer Adán se amplifica. “No sucede con la dádiva como con la transgresión” (Rom. 5:15). De hecho, es mucho más grande; la gracia abundante de Dios eclipsa por completo la trasgresión de Adán. ¿Pero cómo vendrá esa gracia? Lo que Dios pidió a Israel, como se dijo antes, fue vivir el pacto con él para poder derrotar la maldición y destrucción de la caída de Adán. Sobre esto el apóstol dijo, “Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico.” (Rom. 7:19). Es decir, “el bien” de guardar la Ley siempre daba paso “al malvado” quebrantamiento de la Ley, mientras Adán continuara siendo el representante de Israel. Y por eso fracasaron. Aun así, la necesidad del trabajo del Siervo permanecía si el pecado debía ser conquistado y el viejo hombre Adánico redimido (ver Isa. 53:11). ¿Quién nos ha liberado de este cuerpo de muerte? ¿La respuesta? “¡Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!” (Rom. 7:25). Jesús vino y con perfección cumplió la voluntad de Dios, aunque esa fuera su muerte. Al hacer esto, revocó la infidelidad de Adán, comenzando con su vida resucitada una nueva familia de Dios que llevara en cambio Sus características, y puso a un mundo caído y corrupto de vuelta en su camino hacia la renovación (ver Rom. 8:21–22).

De manera que uno de los puntos más importantes del tema de hoy, es que al ser bautizados en Cristo Jesús, nosotros también compartimos su victoria y exaltación (Rom. 6:1ff.). No sólo fue el pecado derrotado por la perfecta obediencia de Jesús (hasta su resurrección), sino que la muerte también fue derrotada, ya que recibió su punzada del pecado. Es como si a la muerte le hubieran quitado el piso de debajo de sus pies, y no tuvo el poder para mantener a Jesús en la tumba. Con esto vino la garantía de que aquellos que mueren una vez, si están con Cristo, no morirán ya más. La preeminente resurrección, en otras palabras, fue el “primer fruto” de la gran resurrección que está por venir (ver 1 Cor. 15:12–33; 51–57). Así, los cristianos rescatados participan de la exaltación de Cristo, al ser justificados con Dios y su ley, reconocidos como justos frente al santo Juez.

Así, al tercer día, en la mañana de Pascua, presenciaron el amanecer de un nuevo día. Pero no era solamente un nuevo día diferente a cualquier otro que lo precediera; más bien fue un día que traía consigo el futuro hacia el cual apuntaba. La vieja analogía de la guerra viene a mi mente: la victoria ha sido proclamada, la guerra está llegando a su fin, pero el pecado y la muerte aún no han escuchado la noticia, y aún luchamos contra ellos. Pero no debemos temerles; pues ya no somos sus esclavos. El vencedor, Jesús, ha destruido el yugo del pecado y de la muerte, llevando esa carga en sí mismo. La historia de Jesús, de su tumba literalmente vacía, no sólo confirma la esperanza a la cual nos aferramos, simultáneamente ofrece aun hoy la vida futura de resurrección a cada persona que está en Cristo. La incertidumbre y el caos de este mundo, a veces opresivo, no debe desesperarnos. No hay lugar para esto en la vida de aquel que cree en la victoria de Dios a través del exaltado Cristo Jesús. Aunque parezca difícil, en medio del luto y la empatía de la tragedia, debemos agradecer a Dios a la luz de su promesa: la nueva creación, el cielo en la tierra. Así, continuamente proclamamos nuestra fe cada día del Señor: “Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo vendrá de nuevo.” Vendrá el día en que la cizaña será ahogada por la dulce vid, la verdadera justicia reinará, y los una vez desdichados pecadores no harán nada más que vivir resucitados, perfecta y humildemente en la presencia del Todopoderoso.

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